Tercera carta

por Eliah Smith

Querido papá,

Hoy me he levantado de buen humor porque ayer vino a verme mi amiga Louise. Hacía mucho que no estábamos en contacto, pero saber de ella fue como un soplo de aire fresco en esta habitación en la que el aire es viejo y rancio.

Encontré a Louise un poco apagada al principio, y resulta que se siente culpable porque mantiene una guerra interna consigo misma que no puede ganar.

Para que entiendas de lo que hablo déjame decirte que Louise viene de una familia muy religiosa con pocos recursos. Son católicos practicantes y tanto Louise como sus hermanos han sido educados gracias a la caridad de unas monjas. Ya sabes que la caridad humana siempre te acaba pasando factura, y el precio que Louise tiene que pagar es vivir con un sentimiento de culpa que la consume.

Tiene que trabajar para ayudar en la economía familiar pero desearía que su trabajo fuera ayudar a quienes más lo necesitan, hacer con otros lo que las monjas hicieron con ella y su familia. De lunes a viernes es la secretaria en una empresa y los fines de semana voluntaria en un orfanato. Apenas tiene tiempo para sí misma y casi no ve a sus amigas, sin embargo esto no es suficiente. Su ansia insaciable por ayudar al prójimo la lleva ahora por nuevas sendas, la primera de ellas en forma de indigente.

La imagino regresando a la estación de Waterloo poco antes de la hora punta para evitar los empujones y las mareas humanas que tanto le agobian, sin apenas viandantes que esquivar. La imagino mirando a través de los cristales del pub de la esquina donde ya disfrutan algunos de frías pintas de cervezas. Les mira con ojos llenos de indecisión que no saben si comunicar lástima – “perdónalos Señor porque no saben lo que hacen”- o reproche a los que allí dentro disfrutan mientras tantos otros sufren.

Imagino el día lluvioso, con el suelo aún mojado. El sol se ha puesto hace horas. Hace frío y es como si pudiera verla cruzar la calle a paso ligero para llegar rápido al cobijo de la estación, y allí mismo, al otro lado de la calle, se percata de que el indigente con aspecto enfermo que ve cada mañana ha vuelto a desaparecer. Y se gira para cerciorarse de que no está sentado en otro sitio. Louise camina hacía el andén y no está segura de si le da más lástima el indigente o el perro que duerme sobre él cada vez que ella pasa por su lado de camino a la oficina. Se siente culpable porque cree simpatizar más con el perro que descansa plácidamente que con el dueño. Al mismo tiempo se alegra de que el indigente – que ha terminado así por tomar las decisiones equivocadas y no seguir los dictados de Dios nuestro Señor, decide Louise – pueda al menos disfrutar del amor incondicional de su mascota.

¿Cuál será su nombre? El del perro. ¿Qué será de él cuando muera su dueño? No parece quedarle mucho tiempo. ¿Será llevado a algún refugio por la misma gente que retire el cadáver de su amo de la calle? Nadie querrá un perro tan mayor. La probabilidad de que encuentre un hogar es mínima. Nula si los adoptantes potenciales son informados de que vivía en la calle con un indigente. Louise tiene ganas de llorar cuando deduce el final de este perro desconocido.

Estoy convencido de que Louise incluso ha puesto nombre al perro y culpa a otros por su amargo destino – al fin y al cabo el pobre animal no ha podido tomar ninguna mala decisión para terminar así, asesinado. La imagino tratando de borrar estos pensamientos de su cabeza para que cese la congoja que siente, a veces tan fuerte que le duele el pecho y le cuesta respirar. Entonces se pregunta a qué hora saldrá el próximo tren. Está claro que no va a llegar al de las seis menos veinte. Tendrá que coger el de las seis y su madre la espera en casa con la plancha preparada.

A pesar de lo triste de su conversación, pues a través de sus palabras se perfila su angustia, me ha alegrado saber de Louise. Es un alma caritativa que se preocupa por todos menos por ella misma. Es muy probable que no se haya corrido una juerga en su vida – en eso nos parecemos – pero ella es feliz así. Cuando ayuda al prójimo se ayuda a sí misma al procurarse un poquito de felicidad. También a mí me ayuda. Yo soy uno más de sus proyectos altruistas, pero a mí no me importa tener que recurrir a su caridad. Soy consciente de que la necesito.

Nuestra relación es simbiótica y obtenemos lo que necesitamos el uno del otro. Yo las pequeñas cotidianeidades de su vida y ella el bienestar que le produce preocuparse de un ser que sufre. Sí, el ser que sufre soy  yo, yo el que necesita ayuda. Un ser digno de lástima, al menos de la de Louise.

Eliah

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